“Godot se lo pasa pipa al lado de esta desolación y esta penuria: (“Dios me valga, otra cosa no sé hacer”)”
Finnegans Wake
“Anhelar la mente susodicha largo tiempo perdida para el anhelo. La susomaldicha. Hasta ahora susomaldicha. A fuerza de largo anhelo perdido para el anhelo. Leve anhelo en vano aún. A más leve aún. A lo levísimo. Leve anhelo en vano del mínimo anhelar. El mínimo anhelo indisminuible. Inaquietable mínimo en vano de anhelar aún.”
A vueltas quietas
“Necedad… necedad para… para qué… cómo se dice… necedad de esto… todo esto… necedad desde todo esto… de todo esto… entrever al parecer… entrever… necesidad al parecer de entrever… tenue a lo lejos allá lejos que… necedad de necesitar al parecer… entrever tenue a lo lejos allá lejos qué… cómo… cómo se dice… cómo se dice…”
“En una fiesta, un presunto intelectual inglés me preguntó por qué escribía siempre sobre la angustia. ¡Como si fuese perverso hacerlo!... Me marché de la fiesta en cuanto pude y tomé un taxi. En la mampara de cristal, entre el taxista y yo, había tres rótulos. En uno se pedía una caridad para los ciegos, en otro una ayuda para los huérfanos, en el tercero un donativo para los refugiados de guerra. No hay que ir muy lejos para buscar la angustia. Nos grita a la cara dentro incluso de los taxis de Londres”
“Paradójicamente, es en la forma donde el artista puede encontrar una solución de alguna clase. Se trata de dar forma a lo informe. Probablemente sólo en ese sentido podría existir una especia de afirmación subyacente”.

PorFinBlog

Un Blog por y para las Artes Escénicas, en Jaén y en el mundo.

MAREA BAJA

     Yo me salvo cuando duermo acompañado. Yo me salvo diciendo no puedo evitarlo. Yo me salvo si sonrío. Yo me salvo cuando sueño. Yo me salvo si te salvo. Yo me salvo si me miras. Yo me salvo si no paro. Yo me salvo si guardo silencio. ¿Yo?

     Te cuento que existo y no sé bien por qué. Sé que me levanto cada mañana y me activo para cumplir con todo lo que el día me trae. Si me preguntas quién soy, no tendré respuesta. A esta forma de vida la llamo naufragio. A veces te salvas y consigues estar a flote. A veces te da la gana y te ahogas un rato para ver dónde llegas. Pero otras veces es la marea la que baja por sí sola y te ves, y te dices: "¡Joder!". O te echas a reír, o te echas a llorar, o te vuelves loco que para el caso es lo mismo. Y es cuando aparece, con una sencillez terrible, la falta de tu propia esencia. Y miras la foto de comunión que tu madre tiene en el mueble-bar del salón y piensas: "Tío, ¿qué has estado haciendo?" Y miras a tu madre que está sentada en el salón con la mirada en ningún sitio, para ver si... y te viene que ella también se olvidó. Y ese olvido es la marea que vuelve a subir. Y no creas, es entonces cuando te salvas. Te entretienes y te olvidas.

     Marea baja es el momento de reconocerte a ti mismo perdido. Es el vacío.

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YO SIGO AHÍ

    

     La noche sexitana, una copa de vino compartida 30 años después, los recuerdos que vuelven en catarata de nostalgias, y un desplome de cariño antes de la inminente tormenta, me despiertan la ternura de las infinitas tardes de juegos y "adivina adivinanza", en la verdad de los quereres inolvidables, en la inmensidad de los amparos imperecederos.

     Es necesario volver, pues la espera me lleva, inevitablemente, a comprender que recuperar la verdad del cariño nos hace grandes. Siempre nos quedará nuestro Paseo del Prado y un "yo sigo ahí".

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MÁS DE MEDIO SIGLO ESPERANDO A GODOT

 

    Beckett tuvo desde siempre una profunda fascinación por cierto tipo de individuos, a los que convirtió en su "familia", como llamó al conjunto de sus personajes. En su infancia dedicaba largas horas del día a dibujar a los vagabundos y mendigos, que a su vez inspiraron a dos de sus influencias dublinesas: por un lado, el dramaturgo John Millington Synge; por el otro, el pintor Jack B. Yeats, autor de lienzos que podrían ilustrar cualquier edición de "Godot".
     Una experiencia personal daría el impulso definitivo a la redacción de la obra que nos ocupa. Beckett y Suzanne Deschevaux-Dumesnil, su mujer, se involucraron activamente en la Resistencia francesa durante la ocupación alemana. Cuando algunos de sus amigos comenzaron a ser detenidos por la Gestapo, decidieron refugiarse en el pequeño poblado de Roussillon d'Apt, al sur de Francia. Ahí vivieron entre finales de 1942 y principios de 1945, trabajando para un vitivinicultor. En ese período, el autor irlandés abandonó su lengua natal a favor del francés, el idioma en el que escribiría sus textos a partir de entonces y que le permitió encontrar su propia voz, alejado ya de la influencia temprana de su maestro James Joyce.

     Obligado por las circunstancias a aislarse en una comunidad rural, Beckett se ejercitó en el acto insoportable de esperar: el mundo detenido, suspendido, una extensión interminable de hastío, de aburrimiento. En "El castillo", Kafka habló de la espera en estos términos: "Ese estar allí en vano, aguardando un cambio día tras día, y una y otra vez de nuevo y sin esperanza alguna, agota y hace dudar y, finalmente, incapacita incluso tanto para cualquier otra cosa como para este mismo estar desesperado."
     La imagen primera de los vagabundos terminó fusionándose con la de la pareja que espera la liberación de París. El resultado: una pieza teatral que, a estas alturas, ha producido tantos exégetas como "Hamlet". Aunque se han estudiado todos sus posibles significados, cada uno de sus recovecos, en "Esperando a Godot" se impone una asombrosa simplicidad escénica atravesada por la reflexión sobre la espera, que se despliega como una metáfora de la agonía.
     Hay un aspecto que, sin embargo, ha sido poco explorado, acaso porque los críticos prefieren concentrarse más en la profundidad filosófica del texto que en su genealogía literaria. Me refiero a la estirpe de Didi y Gogo, los personajes de "Godot", que pueden ser leídos como el comentario final a una serie de parejas tragicómicas en la historia de la narrativa occidental, que nacieron con el Quijote y Sancho Panza.
     El Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero recorren el paisaje desolador de La Mancha amparados, principalmente, en el ímpetu desquiciado del primero. Pero en esos periplos sólo las palabras les ayudan a matar el tiempo. Cervantes ideó diálogos admirables en los que sus personajes, más que argumentar, pueblan el silencio aterrador con sus peroratas. En su interminable espera, Didi y Gogo (o Vladimir y Estragon, como se les llama en el libreto) hacen lo mismo, llenar la escena (y el universo) con esas "manchas en el silencio".
     Didi y Gogo son el fin de una descendencia, el Quijote y Sancho, después de la historia, como cerrando un círculo abierto por sus lejanos ancestros: los personajes de la picaresca. Tienen en cuenta a todos sus parientes: Bouvard y Pécuchet, los guardianes de Josef K. en "El proceso", los ayudantes de K. en "El castillo" o sus propios hermanos, Mercier y Camier. Pero también a toda una serie de cómicos fascinantes: Buster Keaton, Charlie Chaplin, Laurel y Hardy y los Hermanos Marx, sin olvidar a los lejanos pero siempre vigentes bufones shakespeareanos. (Hay una lectura paralela del Quijote y Sancho dentro de la misma obra: el tirano Pozzo y el esclavo Lucky, que fraguan una especie de fin genealógico alternativo, animado por la crueldad.)
     Los modelos de "Esperando a Godot" son de una variedad apabullante: el vodevil, la mímica, el cabaret, el circo, el music hall, el cine mudo, la comedia, la farsa. Entre octubre de 1948 y enero de 1949, el período en el que fue redactada la obra, el autor irlandés reunió una serie de materiales tan diversos que su síntesis sólo puede atribuirse a una inteligencia y un talento descomunales.
     "Godot" aporta, entre muchas otras cosas, una manera inédita de crear tensión dramática: a través del hastío. Los prolongados silencios, la ausencia de acción, sumen al espectador en una extraña incomodidad, que termina convertida, gracias a diálogos magistrales, en un humor desesperado, una risotada que, sin embargo, tiene muy poco de alegre. Han transcurrido ya 63 años de su estreno (el 5 de enero de 1953, en el parisino Théâtre de Babylone, bajo la dirección de Roger Blin), "Esperando a Godot" es ya un clásico indiscutible y seguirá siendo representada mientras exista interés por Shakespeare, o sea, por la literatura.
     Para terminar, formulo mi escena ideal. Casi al final del primer acto, Didi y Gogo esperan a Godot a un lado del camino, en la monotonía del páramo, apenas rota por el árbol que nace a un lado de ellos. El Muchacho acaba de irse, luego de avisarles que Godot no llegará ese día. Súbitamente se hace de noche y, bajo una luna pálida, Gogo parafrasea un par de versos de "A la luna", de Shelley. (Beckett sólo incluyó ese pasaje en la versión inglesa.) El poema íntegro dice:

 

     "¿Estás pálida de hastío
     de escalar el cielo y contemplar
      la tierra,
     vagando sin compañía
     entre estrellas de orígenes distintos,
     y siempre cambiando, como un ojo
      sin alegría
     que no encuentra un objeto digno de
      su constancia?"

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DE MIS RECUERDOS (II)

     La infancia, incluso la adolescencia, para mí es un número limitado de fotos aisladas que al llegar a la madurez fui organizando sin una idea muy exacta del orden cronológico en que se sucedieron en realidad. Los cuatro años se sobreponen a los ocho y los doce a los quince. En la reconstrucción se imponen, más que en el recuerdo, las sensaciones: los olores, colores, imágenes de lugares, sonidos ásperos o suaves... El resultado es un conjunto incoherente en el que emergen como escollos algunos episodios recurrentes, que nosotros consideramos piezas claves para la interpretación del proceso que nos ha llevado a ser lo que somos. Y que, con el paso del tiempo, reelaboramos inconscientemente adaptándolos a la idea que nos hemos forjado de nosotros mismos.

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VIEJO TEATRO

     Bueno, viejo, hemos llegado al fin del camino. Has salido en el periódico, a doble cara. No sabes cómo lo siente todo el mundo. ¿Sabes? Siempre creí que tenías que modernizarte. Muy metrosexual no eras. Reconócelo al menos. Eso sí, tenías tu encanto. Bueno, ellos (en los que confiaste tanto tiempo) también tienen la culpa de todo esto, no lo olvides. No tomaron la decisión de acabar contigo. Pero fueron la mano detrás del puñal, detrás de la pistola. Un crimen colectivo. Yo te defendía, pero no puedo vencer al mundo. El dinero manda y tu vida es sólo cuestión de dinero. Tómatelo a mal si te da la gana, pero a mí no me eches la culpa. No te atrevas. Es sólo dinero. Favores que pagar. Un puesto que ocupar. Negocios. Nada personal, sólo negocios.
     Yo hice todo lo que pude, viejo. Lo que pude y lo mejor que pude. Anoche lo di todo, fue la mejor puta actuación de mi vida. He llorado como un idiota por ti. Mira..., aquí: página 50: "No te dejaré sin luchar". ¿Lo recuerdas? ¿Eh? ¿Lo recuerdas? Me he partido los cuernos por ti. Y tú me lo pagas dejándome en la calle, maldito canalla. Me he vendido por ti. He estado vendiéndome para salvarte el pellejo, trabajando con inútiles que no me llegaban a la suela de los zapatos. Años haciendo favores, aguantando a idiotas, cambiando favor por favor, ¡trabajando gratis! ¡Tragándome mi orgullo por ti, y no ha servido de nada!
     En fin, estamos acabados, viejo. Yo podré aguantar algo, pero tú ya estás acabado. Es que..., ¡joder!, no lo puedo estar repitiendo siempre. Estoy cansado ya. No puedo seguir así. Tanto ataque personal no es bueno. Yo lo siento, pero no puedo seguir así. Y menos por una... ¡Bah, chorradas de actores!
     Adiós, viejo. Teatro de mierda... Te echaré de menos.

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LA BUHARDILLA DE TÍA MAITE

LA BUHARDILLA DE TÍA MAITE

      1. El lunar.

     Desde aquella tarde nada fue igual con Teresa. Habíamos perdido la inocencia para dar paso a un deseo desbocado, a una atracción fatal que, inevitablemente, nos llevaba, cada tarde a las siete, a la buhardilla de la casa de Tía Maite donde, con una liturgia que se repetía una y otra y otra vez, yo le desabrochaba la hebilla del sujetador sin ni siquiera quitarle la blusa. Ella se dejaba hacer convencida de que, tras el ritual, mis besos se dirigirían a esa zona entre la nuca y el hombro derecho donde (lo comprendí casi en la tercera sesión de nuestros encuentros a hurtadillas) se concentraba ese punto de inflexión en el que ella, transida de placer, caía en mis brazos, entregada en un trance que nos acercaba a ambos al éxtasis.
     Teresa tenía un gracioso lunar en la rabadilla y yo, fetichista de los minúsculos detalles pese a mis escasos 19 años de edad, me concentraba en lamerlo con delectación hasta la saciedad. El vello transparente que le cubría esa zona se erizaba como una diminuta selva tropical, y el cosquilleo me llevaba a una excitación extrema que ella aceptaba con unas suaves caricias sobre mi pene en el límite ya de su grosor. Pero éramos conscientes ambos de que todavía quedaba tiempo para que nuestros cuerpos se fundieran a través de los sexos humedecidos; nos gustaba ese sufrimiento de la espera, pues la saliva de nuestras bocas enardecidas desbordaba los pezones de ella y mis orejas...

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