Finnegans Wake
“Anhelar la mente susodicha largo tiempo perdida para el anhelo. La susomaldicha. Hasta ahora susomaldicha. A fuerza de largo anhelo perdido para el anhelo. Leve anhelo en vano aún. A más leve aún. A lo levísimo. Leve anhelo en vano del mínimo anhelar. El mínimo anhelo indisminuible. Inaquietable mínimo en vano de anhelar aún.”
“En una fiesta, un presunto intelectual inglés me preguntó por qué escribía siempre sobre la angustia. ¡Como si fuese perverso hacerlo!... Me marché de la fiesta en cuanto pude y tomé un taxi. En la mampara de cristal, entre el taxista y yo, había tres rótulos. En uno se pedía una caridad para los ciegos, en otro una ayuda para los huérfanos, en el tercero un donativo para los refugiados de guerra. No hay que ir muy lejos para buscar la angustia. Nos grita a la cara dentro incluso de los taxis de Londres”
A vueltas quietas
“Necedad… necedad para… para qué… cómo se dice… necedad de esto… todo esto… necedad desde todo esto… de todo esto… entrever al parecer… entrever… necesidad al parecer de entrever… tenue a lo lejos allá lejos que… necedad de necesitar al parecer… entrever tenue a lo lejos allá lejos qué… cómo… cómo se dice… cómo se dice…”
“Paradójicamente, es en la forma donde el artista puede encontrar una solución de alguna clase. Se trata de dar forma a lo informe. Probablemente sólo en ese sentido podría existir una especia de afirmación subyacente”.
“Godot se lo pasa pipa al lado de esta desolación y esta penuria: (“Dios me valga, otra cosa no sé hacer”)”

PorFinBlog

Un Blog por y para las Artes Escénicas, en Jaén y en el mundo.

MÁS DE MEDIO SIGLO ESPERANDO A GODOT

 

    Beckett tuvo desde siempre una profunda fascinación por cierto tipo de individuos, a los que convirtió en su "familia", como llamó al conjunto de sus personajes. En su infancia dedicaba largas horas del día a dibujar a los vagabundos y mendigos, que a su vez inspiraron a dos de sus influencias dublinesas: por un lado, el dramaturgo John Millington Synge; por el otro, el pintor Jack B. Yeats, autor de lienzos que podrían ilustrar cualquier edición de "Godot".
     Una experiencia personal daría el impulso definitivo a la redacción de la obra que nos ocupa. Beckett y Suzanne Deschevaux-Dumesnil, su mujer, se involucraron activamente en la Resistencia francesa durante la ocupación alemana. Cuando algunos de sus amigos comenzaron a ser detenidos por la Gestapo, decidieron refugiarse en el pequeño poblado de Roussillon d'Apt, al sur de Francia. Ahí vivieron entre finales de 1942 y principios de 1945, trabajando para un vitivinicultor. En ese período, el autor irlandés abandonó su lengua natal a favor del francés, el idioma en el que escribiría sus textos a partir de entonces y que le permitió encontrar su propia voz, alejado ya de la influencia temprana de su maestro James Joyce.

     Obligado por las circunstancias a aislarse en una comunidad rural, Beckett se ejercitó en el acto insoportable de esperar: el mundo detenido, suspendido, una extensión interminable de hastío, de aburrimiento. En "El castillo", Kafka habló de la espera en estos términos: "Ese estar allí en vano, aguardando un cambio día tras día, y una y otra vez de nuevo y sin esperanza alguna, agota y hace dudar y, finalmente, incapacita incluso tanto para cualquier otra cosa como para este mismo estar desesperado."
     La imagen primera de los vagabundos terminó fusionándose con la de la pareja que espera la liberación de París. El resultado: una pieza teatral que, a estas alturas, ha producido tantos exégetas como "Hamlet". Aunque se han estudiado todos sus posibles significados, cada uno de sus recovecos, en "Esperando a Godot" se impone una asombrosa simplicidad escénica atravesada por la reflexión sobre la espera, que se despliega como una metáfora de la agonía.
     Hay un aspecto que, sin embargo, ha sido poco explorado, acaso porque los críticos prefieren concentrarse más en la profundidad filosófica del texto que en su genealogía literaria. Me refiero a la estirpe de Didi y Gogo, los personajes de "Godot", que pueden ser leídos como el comentario final a una serie de parejas tragicómicas en la historia de la narrativa occidental, que nacieron con el Quijote y Sancho Panza.
     El Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero recorren el paisaje desolador de La Mancha amparados, principalmente, en el ímpetu desquiciado del primero. Pero en esos periplos sólo las palabras les ayudan a matar el tiempo. Cervantes ideó diálogos admirables en los que sus personajes, más que argumentar, pueblan el silencio aterrador con sus peroratas. En su interminable espera, Didi y Gogo (o Vladimir y Estragon, como se les llama en el libreto) hacen lo mismo, llenar la escena (y el universo) con esas "manchas en el silencio".
     Didi y Gogo son el fin de una descendencia, el Quijote y Sancho, después de la historia, como cerrando un círculo abierto por sus lejanos ancestros: los personajes de la picaresca. Tienen en cuenta a todos sus parientes: Bouvard y Pécuchet, los guardianes de Josef K. en "El proceso", los ayudantes de K. en "El castillo" o sus propios hermanos, Mercier y Camier. Pero también a toda una serie de cómicos fascinantes: Buster Keaton, Charlie Chaplin, Laurel y Hardy y los Hermanos Marx, sin olvidar a los lejanos pero siempre vigentes bufones shakespeareanos. (Hay una lectura paralela del Quijote y Sancho dentro de la misma obra: el tirano Pozzo y el esclavo Lucky, que fraguan una especie de fin genealógico alternativo, animado por la crueldad.)
     Los modelos de "Esperando a Godot" son de una variedad apabullante: el vodevil, la mímica, el cabaret, el circo, el music hall, el cine mudo, la comedia, la farsa. Entre octubre de 1948 y enero de 1949, el período en el que fue redactada la obra, el autor irlandés reunió una serie de materiales tan diversos que su síntesis sólo puede atribuirse a una inteligencia y un talento descomunales.
     "Godot" aporta, entre muchas otras cosas, una manera inédita de crear tensión dramática: a través del hastío. Los prolongados silencios, la ausencia de acción, sumen al espectador en una extraña incomodidad, que termina convertida, gracias a diálogos magistrales, en un humor desesperado, una risotada que, sin embargo, tiene muy poco de alegre. Han transcurrido ya 63 años de su estreno (el 5 de enero de 1953, en el parisino Théâtre de Babylone, bajo la dirección de Roger Blin), "Esperando a Godot" es ya un clásico indiscutible y seguirá siendo representada mientras exista interés por Shakespeare, o sea, por la literatura.
     Para terminar, formulo mi escena ideal. Casi al final del primer acto, Didi y Gogo esperan a Godot a un lado del camino, en la monotonía del páramo, apenas rota por el árbol que nace a un lado de ellos. El Muchacho acaba de irse, luego de avisarles que Godot no llegará ese día. Súbitamente se hace de noche y, bajo una luna pálida, Gogo parafrasea un par de versos de "A la luna", de Shelley. (Beckett sólo incluyó ese pasaje en la versión inglesa.) El poema íntegro dice:

 

     "¿Estás pálida de hastío
     de escalar el cielo y contemplar
      la tierra,
     vagando sin compañía
     entre estrellas de orígenes distintos,
     y siempre cambiando, como un ojo
      sin alegría
     que no encuentra un objeto digno de
      su constancia?"

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DISQUISICIONES EN TORNO A "ESPERANDO A GODOT" (I)

    

"El teatro de Beckett"

     Lo minoritario que es el teatro de Beckett lo confirma lo poco que se le representa. Incluso ahora, superado el centenario de su nacimiento (109 años), cuesta encontrarse con alguna de sus piezas en la cartelera teatral de este país nuestro de cada día. Es más, casi podría asegurar que se le representa lo mismo, o incluso menos, que en años anteriores. Y eso que se trata, posiblemente, del autor más emblemático del Siglo XX.

     Por eso, a mi manía de echar mano a viejos proyectos debo agradecerle la oportunidad de recuperar un buque insignia del teatro contemporáneo. La pieza que rompió los moldes estéticos y temáticos de representación establecidos en los 50 para dar pie a los nuevos realismos, que ponen su empeño en resaltar el impasse existencia y la desesperación. La nueva tragedia, en fase residual, de la modernidad que nos ha tocado vivir.

 

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ESPERO, ESPERAS, ESPERAMOS...

     Cada espera de las de porque sí siene su GODOT. Es por eso que tenemos que buscar cada uno el nuestro, para empezar a saber por qué esperamos y si merece la pena esperar. Ayúdame a encontrar a mi GODOT aunque sea porque no tienes otra cosa mejor que hacer ahora mismo.

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LA ESPERA Y LA NADA

     VLADIMIR y ESTRAGÓN, dos vagabundos esperan a GODOT... La espera continúa en la segunda escena pero aparecen POZZO y LUCKY, unos desconocidos que resultan ser amo y esclavo. Dialogan con POZZO, le cuentan la espera; les pregunta quién es GODOT y le confiesan que apenas lo conocen. Hay escenas grotescas, divertidas, pequeños incidentes, un monólogo de LUCKY, la partida y regreso de los visitantes de ocasión.
     Al final VLADIMIR y ESTRAGÓN saben que GODOT solo vendrá al día siguiente. La incertidumbre los induce a suicidarse, a colgarse del árbol, decisión que aplazan porque sus correas son cortas y frágiles y esperan la aparición de GODOT como última carta de salvación.
     La espera hace que VLADIMIR y ESTRAGÓN experimenten la nada, el mundo sin sentido en que viven.
     Beckett, Joyce, Kafka, Schönberg, Picasso, representan el arte auténtico prevalecido de cierta aura, opuesto a la realidad existente, a las normas y modelos dominantes.
     "Film" , única película de Beckett protagonizada por Buster Keaton, muestra a un personaje inmerso en el ambiente de una habitación, en el que el sonido desplaza el relato. El lenguaje desaparece y sólo queda la instancia del pensar en la soledad.

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MI ACERCAMIENTO A BECKETT (I)

     1. Una de las paradojas más hondas y capitales de la condición humana es que tememos a la muerte, a la vez que buscamos de forma desesperada la forma que sea con tal de abreviar el tiempo de espera que nos quede. En este sentido, en ninguna obra literaria se ha explotado esta paradoja de manera tan hilarante como en “Esperando a Godot”. Cuando VLADIMIRO propone a ESTRAGÓN que se pruebe sus botas, insiste en que de ese modo, al menos, pasarán el tiempo: (VLADIMIRO: Así matamos el rato. ESTRAGÓN: Un descanso. VLADIMIRO: Un recreo.)
     2. Fue al leer “El innombrable” cuando nació mi pasión por el divino irlandés, pasión que dura ya más de 40 años. Por eso, dejando al margen todo lo que se ha escrito sobre el lenguaje que maravilló a toda una generación, me gustaría dejar aquí ese aforismo que todavía hoy me conmueve, cuando el protagonista, inundado por las lágrimas, convencido de que nunca renunciará a seguir hablando, dice: "Yo solo soy un hombre y todo lo demás es divino".
     3. Un texto, a veces tan duro y hermético como “Final de partida”, se abre también a la nostalgia, a la metáfora de las invenciones de la infancia: "Luego hablar, rápido, palabras, como el niño solitario que se pone en el sitio de varios, dos, tres, para estar con otros, y hablar con otros por la noche".

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