“Godot se lo pasa pipa al lado de esta desolación y esta penuria: (“Dios me valga, otra cosa no sé hacer”)”
Finnegans Wake
“Anhelar la mente susodicha largo tiempo perdida para el anhelo. La susomaldicha. Hasta ahora susomaldicha. A fuerza de largo anhelo perdido para el anhelo. Leve anhelo en vano aún. A más leve aún. A lo levísimo. Leve anhelo en vano del mínimo anhelar. El mínimo anhelo indisminuible. Inaquietable mínimo en vano de anhelar aún.”
A vueltas quietas
“Necedad… necedad para… para qué… cómo se dice… necedad de esto… todo esto… necedad desde todo esto… de todo esto… entrever al parecer… entrever… necesidad al parecer de entrever… tenue a lo lejos allá lejos que… necedad de necesitar al parecer… entrever tenue a lo lejos allá lejos qué… cómo… cómo se dice… cómo se dice…”
“En una fiesta, un presunto intelectual inglés me preguntó por qué escribía siempre sobre la angustia. ¡Como si fuese perverso hacerlo!... Me marché de la fiesta en cuanto pude y tomé un taxi. En la mampara de cristal, entre el taxista y yo, había tres rótulos. En uno se pedía una caridad para los ciegos, en otro una ayuda para los huérfanos, en el tercero un donativo para los refugiados de guerra. No hay que ir muy lejos para buscar la angustia. Nos grita a la cara dentro incluso de los taxis de Londres”
“Paradójicamente, es en la forma donde el artista puede encontrar una solución de alguna clase. Se trata de dar forma a lo informe. Probablemente sólo en ese sentido podría existir una especia de afirmación subyacente”.

PorFinBlog

Un Blog por y para las Artes Escénicas, en Jaén y en el mundo.

DOS MICRORELATOS

     1.- Cuando le dijeron que todo había acabado, él no lo creyó y siguió caminando hacia la luz.

     2.- Pese a que los calamares les robaron la tinta, los cangrejos siguen escribiendo historias de amor sobre las rocas.

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EL TEATRO VACÍO

     Contemplarse en el alza cero de los francotiradores, con las palabras como un arsenal para filtrar la progresión del teatro en los recintos de la ciudad. Entrar en un teatro cerrado como se profana un panteón, pero con otras inquietudes, sin el acento circunflejo de Dios sobre el umbral. Ahí está el patio de butacas en sombras, y el espacio vacío. Cabe un aplique accesible para iluminar levemente el escenario. Con la candidez de la luna a través de una claraboya. Ojalá fuese cierto. Desde el patio de butacas de un teatro clausurado los espectáculos desfilan como por el mármol de un forense. Pero en mis manos tiembla el instrumental del hermeneuta. Entrar en un teatro cerrado como se acaricia la piel de una chica desconocida en la parte más trasera de un autobús en marcha.
     Y los teatros blanqueados, los teatros como nuevos inmuebles, los teatros como esa puerta franqueable bajo los títulos de crédito y las otras advocaciones. Los teatros fuera del circuito de las alarmas, del alto voltaje de los conciertos más arduamente urbanos, o de las salas de cine, o del video y los otros inciensos donde se depara el equilibrio voraz del año. Los teatros edificados sobre solares arrancados al cardo y a la ortiga, al especulador y al cronista del tiempo. Y los espacios vacíos. En un espacio vacío se convocan las huestes, pero ¿con qué texto se recupera el sabor de la palabra?

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"RECUERDA, CUERPO"

     Somos las tinieblas en el ardor del día, las desenraizadas flores en el aire, la frescura. Somos el agua posada en las hojas en presencia de la muerte. Nuestro sol, cuyo intenso calor nos arrebata... Nos confundimos con el corazón de la rosa, hija de la belleza. Somos las criaturas del verano, el aliento del anochecer, los días, cuando todo puede esperarse. Somos la irretornable sonrisa del ausente vislumbrada en las hojas del estío, aquél sol y sus desdeñantes luces falaces.

     Quisiera expresar este recuerdo... pero ya se ha extinguido... como si no quedara nada... puesto que lejos, en mi primera adolescencia, reposa. Una piel como hecha de jazmines... noche de agosto (¿Era agosto?) Noche... Apenas recuerdo ya los ojos; eran, creo, azules... ¡ah, sí! De un azul zafiro.

     Recuerda cuerpo no sólo cuánto fuiste amado ni tan sólo los lechos en los que te acostaste conmigo, sino también esos deseos que para ti, claros, brillaban en los ojos y temblaban en la voz y los frustró un fortuito obstáculo. Ahora que ya todo yace en el pasado, hasta casi parece que te entregaste a esos deseos, recuerda cómo brillaban en los ojos que te estaban mirando; y cómo temblaban en la voz para ti, recuerda cuerpo.

     El cuarto era pobre y ordinario, oculto encima de la equívoca taberna. Por la ventana se veía la calleja, estrecha y sucia. Desde abajo llegaban las voces de unos cuantos parroquianos que se divertían jugando a las cartas. Y allí, sobre vulgar y humilde lecho, fue mío el cuerpo del amor, y poseí los labios voluptuosos y rosados de la embriaguez, rosados de una embriaguez tal que incluso ahora, al escribir ¡después de tantos años!, en mi casa tan sola, me embriago una vez más.

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"LO QUE NOS TOCA DE LOCURA"

     Qué hacer ahora que nos hicimos payasos como una burda imitación de los juegos de la infancia, cuando la espada de madera que nos construyó el abuelo nos golpeaba, sin que supiéramos que era el filo de la vida.

     Qué hacer ahora que estamos detenidos en la última imagen de la humedad del ojo, esperando el regreso de los perros infinitos que ladran con un doble nudo en la esperanza, rumbo al lugar donde mañana recogeremos lo que nos toca de locura.

    Cuánta herejía en el costado del sol y de los hombres, cuánto polvo colmando los rincones y las tejas de la casa, donde antes la lluvia bendecía con sus cauces de agua el cuento feroz de los ahorcados, y las historias de fantasmas que con un hilo de voz nos decían los mayores al anochecer.

     Cae sobre las casas y las calles enfangadas el primer mordisco de la noche, y ahí está mi padre sentado en la ventana alta, moldeando la herramienta que detiene el tiempo, conjugando un mínimo y cómplice solsticio para la próxima estación de aves migratorias.

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"LA SENCILLEZ DE LAS CARICIAS"

     Hoy, amor, que no has querido acompañarme, he visto tu cuerpo en el escenario con toda la ternura que desprendes. La belleza de la iluminación en la escena, el espacio abierto, sucinto para envolverlo con tu aliento, me ha hecho recordar la sencillez de las caricias que como enamorados cuajan nuestros encuentros. Creía con torpeza que sólo poseíamos el secreto de la entrega, pero he encontrado a los intérpretes de nuestro amor con expresivas muestras de cariño. Su ejercicio de amor, sin el pudor que tanto molesta, suscita nuestro mundo de sensaciones.

     El concepto de teatro moderno, sin el rigor al que obliga la concepción clásica, pero en el uso medido de su técnica bien ejecutada y lleno de las provocaciones que los probos llaman lujuria y los poetas locura, embriagan el ambiente, como tu cuerpo lo hace conmigo, con una ténue música casi mística, envolvente, que sirve para sostener una voz dulce y tentadora de ecos gregorianos. Pero la ternura a veces es desgarrada por la violencia que emana la pasión. Una pasión abrumadora y elemental.

     Y así, una riada de guijarros cae cubriendo la escena sobre la que los cuerpos se unen sin daño alguno, o una profunda sima que se abre a sus pies formando un pozo visible, en cuyas aguas se pierden los cuerpos, como en tu sudor yo me anego. De repente se rompe la magia amorosa, cuando alguien corta la secreta armonía con palabras que suenan a hueco, a jolgorios de comadres. Son momentos de distensión, como cuando tú te bañas.

     La solemnidad de la puesta en escena, cercana al rito, a la pura teatralidad, al efecto, a la sorpresa, como cuando tú te arreglas cada tarde. Todo está presidido por una enorme cruz donde yace un Cristo indefinido, patético y sensual. Te aseguro, amor mío, que de haber estado aquí esta noche, también habrías aplaudido con fuerza, porque verse reflejado en la hermosa sencillez es cosa que los artistas suelen hacer para su goce y el nuestro.

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"BIBLIOTECAS"

     En estas bibliotecas tan infinitas como hace milenios lo fue la de Alejandría, añorada Nerea, ¿dónde quedarán estos versos? Es decir, ¿en qué diminuto estante de una más diminuta sección de la biblioteca más extensa del universo mi único libro de poemas que escribí para ti?

      Y mi nombre, ¿quién acaso lo recordará cuando la velocidad de la luz, en un archivo igualmente sólo de luces, alguien pase sin siquiera teclear nunca el título de este poema, iluminado o indiferente, por alguna línea pasajera?

      ¿Y quién será por casualidad el pasajero virtual que ojeará al azar en una pantalla de ordenador, alguna vez en el año 3492, aquél perdido libro mío y mire, despreocupado quizás, lo que escribí pensando en ti? ¿Quién recordará que hace miles de años tú me inspiraste y compuse estas palabras hechas de amor, mi dulce, añorada Nerea, subido en los muros de otra Babilonia, una tarde a mediados del año 1990?

       ¿O en qué se convertirán todas estas líneas que quizás no fueron escritas por mí, sino por el poeta Aikú Zen, cuando él no era todavía un monje y no yo, loco poeta y amante somnoliento, quien realmente imaginó todo este poema pero que nadie, nunca, leerá? Como aquél otro poeta ciego y aún joven cuando se le oscureció la realidad, llamado Jorge Luis Borges, quien decía éramos imaginados por alguien o tal vez él se hizo pasar (en el futuro) por todos los poetas antes de él y también por mí mismo?

        Pero ¿quién sabe si aquél joven poeta que escribió un epigrama para una tal Nerea durante la amargura del exilio, hace miles y miles de años, fuera yo mismo y ahora, a través de una realidad virtual, recreada miles de años después, yo te lo vuelvo a escribir únicamente para ti cuando ya no hay amargura ni exilio alguno, añorada Nerea?

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