PorFinBlog

Un Blog por y para las Artes Escénicas, en Jaén y en el mundo.

A VECES

     A veces, por un desliz del destino, lágrimas lloran recuerdos en la inmensidad de lo efímero. Y, de repente, sin apenas buscarlo, el amor llama a la puerta con la insistencia de un eco. Dudas por un instante y, cuando le abres, un aroma a pan de centeno debilita el anhelante momento. No dejas de ser como un inútil villancico que repite cada año su pertinaz soniquete en un intento árido de perpetuar su esencia.

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MI ACERCAMIENTO A BECKETT (II)

     Fue al leer "El innombrable" cuando nació mi pasión por el divino irlandés, pasió que dura ya más de 40 años. Por eso, dejando al margen odo lo que se ha escrito sobre el lenguaje que maravilló a toda una generación, me gustaría dejar aquí ese aforismo que todavía hoy me conmueve, cuando el protagonista, inundado por las lágrimas, convencido de que nunca renunciará a seguir hablando, dice: "Yo solo soy un hombre y todo lo demás es divino".

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EL JUEGO DE LA VIDA

     Uno de los capítulos de la Serie "Poemas Oscuros" que emitimos en el programa "Teatrerías" de 9laloma.tv, y que a través de este blog compartimos con todos los que amáis la poesía.

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DESEO

     En las estancias saqueadas por la luz, cabriolean los potros escabrosos y, en la distancia, es dable confundir el deseo con la esperanza.

     Los ensimismados sienten picores en la entrepierna, acosados por una versátil concupiscencia que les atormenta las ganas ajadas de autocomplacencia.

     Todo se vuelve oscuro, de un negro azabache que inunda tensiones y alarga, inexplicablemente, el alivio somnoliento de las horas muertas.

     La monotonía amplía demasiado la espera y, de repente, otro reflejo escarlata asoma en una geografía erótica que, al azar, se ha creado en el ambiente. Nuevas sensaciones...

     A los ojos del pecado, todo es pornográfico.

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AY ANA, ANA!

AY ANA, ANA!

     Ana me dejó. La quería. Sufrí. Ay, Ana. No sabía qué hacer. Me paseaba de un lado al otro en el piso de Avenida Libertad. Y el piso es chico. Me sentaba, caminaba, volvía a sentarme, lloraba antes de dormir.

     Estaba en la hoja del periódico que envolvía la lechuga. Así llegó a mis manos el Sudoku. Me llamó la atención la cuadrícula, junto al horóscopo. Muchas casillas vacías y algunos números. Fue raro: no hizo falta leer las reglas. En la cuadrícula de diez por diez, había que completar las casillas de forma tal que en las columnas y filas aparecieran, sin repetirse, los diez números del sistema decimal. Había tres niveles: fácil, medio y diabólico.

     Me obsesioné. A la semana, ya dominaba el diabólico. Como los del periódico no me bastaban, compré en una librería una revista de Sudoku, que venía de Italia. No era cara. La liquidé en un fin de semana. Mi cerebro vomitaba las series numéricas con una agilidad que me sorprendía. Ana se fue borrando de mi mente, pero supuse que reaparecería si dejaba el Sudoku. Volví a la librería y compré más revistas.

     Los recuerdos que tenía de Ana se fueron mezclando con los números en mi cabeza. Ya no distingo su hermosa sonrisa de un tres, o una suave caricia de un ocho. Y mis días se fueron haciendo más livianos: siete y cuarto suena el despertador, tres minutos de remoloneo, ocho pasos hasta el baño, sesenta y cuatro cepilladas maxilar superior, sesenta y cuatro maxilar inferior, hervor del agua en seis minutos a fuego mínimo, a las siete y treinta y ocho ya sobre la bicicleta, mil quince pedaladas hasta el semáforo de la avenida, veinticuatro segundos hasta la luz verde, ciento veintitrés pedaladas más y llego al restaurante a las ocho en punto.

     Ayer murió Ana. La atropelló un coche. No lloré ni una lágrima. Y eso que la quería como a nadie. Justo ese día batí mi récord: un diabólico en seis minutos y tres segundos.

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AGOSTO, de Juan Troyano Hernández

     Este bochorno, que ya no es sorpresivo. Esta calima horrible que aplana la mente, arranca bombas atómicas de las entrañas de la tierra yerma y baldía. Aquí el calor verde casi nadie recuerda cómo es.

     Arrastrar los pies por este sendero pedregoso. Pesa la bola de hierro atada a mi tobillo izquierdo. Va dejando el rastro como si de una serpiente se tratara. La pendiente ascendente empeora todo. ¿Por qué esta condena? ¡Soy inocente!

     Y tú, culpable de mi penitencia, tú, que deberías llevar esta carga, achicharrarte bajo el sol que no perdona ni sabe a quien martiriza. Tú, que te escondes en parajes donde la bravura solar no alcanza. Tú, que ocupas el lugar en el que yo debería estar, degustando manjares, carnes muertas sazonadas y carnes vivas que se entrelazan como dos serpientes anudadas, como las astas de dos ciervos machos tras una pelea.

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