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Un Blog por y para las Artes Escénicas, en Jaén y en el mundo.

LA ESTACIÓN FINAL (Poema Oscuro)

A la carne se va por mil caminos. La música predispone los sentidos, y en la penumbra del burdel se fragua el destello del cuero y el acero. Allí las putas más hermosas, acuden cabalgando el caballo que habitamos. Temes la brasa de sus bocas, enredar tu cintura en sus caderas, donde el barro y la calentura se evidencian: rodar en la moqueta, follar en los servicios. Porque la carne nunca permanece. En esa hoguera efímera te consumes y, aunque sospechas que la sed no tendrá fin, ya buscas el borde de los vasos: porque el brocal de tu pozo solo repite la senda oscura de tu nombre. Pero todos venimos de provincias donde reproducimos a escala estos antros, estos burdeles... Y nos falta el aliento de Dionisos, esa consagración que engalana la podredumbre de ceremonia. En provincias carecemos de egregios filósofos perversos, y ya Dionisos revela el destino del acólito que pretende divertirse sin pagar el óbolo del más dulce calvario.

Quien se mofa de la orgía no ha de atravesar incólume la frontera prestigiosa de la noche, porque sus porteros son celosos y no perderán la ocasión de desvirgar a ese atrevido. Porteros que son bacantes disfrazadas pues, ¿acaso no es posible desterrar el nazi que desde dentro nos hostiga, una vez que el amor nos condujo a este lecho a solas, donde antes y después de nuestro espasmo preferimos la solicitud de la ternura? Allí la estación final ya no es una cripta que alquilan como catacumba los modernos cristianos, celosos del goce a costa del nuevo sacrificio.

Penteo rasgó su velo, atrevió la hondura de la piel violado por los que se agrupan bajo el pabellón de lo fugaz. ¿Con qué argumento los espantas, con qué piedad te lames luego las heridas? Ellos son su propia grey, te han marcado la nalga con su fuego. ¿Qué queda de ti sino arrastrarte, reptar las rampas moradas del teatro, ofrecerte como víctima propiciatoria de ti mismo? Hay un estadio pusilánime sediento de tu esperma. La nueva educación sentimental pasa por la academia del prostíbulo. Dinonisos ya tiene su venganza. La verdad que se alcanza en este instante quizá compense de las estaciones que se quedan atrás pestañeando. Nos palpamos el sexo siempre solitario en los furgones de cola de nosotros mismos, sin alcanzar jamás el jubileo de un amor estable en el mismo recinto del deseo.

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PERIFERIA, de Juan Troyano Hernández

     Entre las juntas de las baldosas empezaba a surgir el verdor de la hierba que se rebelaba contra aquella barrera puesta entre ella y el sol. Pequeños brotes apenas invisibles que poco a poco iban dando pinceladas, como cuadraditos verdes entre tanto gris, entre cenefas indescifrables como jeroglíficos egípcios.
     Paseaba mirando al suelo, las manos en los bolsillos, pensando en cualquier otra cosa que no fuera ver crecer la hierba entre los adoquines, allá enmedio de la calle donde surgía una grieta. Debajo había vida, sólo habia que sacarla, picar la calle, hacer hondos agujeros por donde pudiera expandirse la epidemia verde.
     Hacía frío, pero él no lo sentía. Había cierto murmullo de coches allá por el centro de la ciudad, pero en la periferia parecía como sonido ambiental, lejano. En la periferia no tenía que ir por la acera esquivando a viandantes dislocados buscando no llegar tarde al trabajo. Hombres trajeados con maletín, mujeres con minifaldas y medias seminegras, que tal vez iban con la mente puesta en como conseguir que su jefe estuviese contento con ellas. Por eso se habian puesto su mejor y más bonita y cara ropa interior.

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"RECUERDA, CUERPO"

     Somos las tinieblas en el ardor del día, las desenraizadas flores en el aire, la frescura. Somos el agua posada en las hojas en presencia de la muerte. Nuestro sol, cuyo intenso calor nos arrebata... Nos confundimos con el corazón de la rosa, hija de la belleza. Somos las criaturas del verano, el aliento del anochecer, los días, cuando todo puede esperarse. Somos la irretornable sonrisa del ausente vislumbrada en las hojas del estío, aquél sol y sus desdeñantes luces falaces.

     Quisiera expresar este recuerdo... pero ya se ha extinguido... como si no quedara nada... puesto que lejos, en mi primera adolescencia, reposa. Una piel como hecha de jazmines... noche de agosto (¿Era agosto?) Noche... Apenas recuerdo ya los ojos; eran, creo, azules... ¡ah, sí! De un azul zafiro.

     Recuerda cuerpo no sólo cuánto fuiste amado ni tan sólo los lechos en los que te acostaste conmigo, sino también esos deseos que para ti, claros, brillaban en los ojos y temblaban en la voz y los frustró un fortuito obstáculo. Ahora que ya todo yace en el pasado, hasta casi parece que te entregaste a esos deseos, recuerda cómo brillaban en los ojos que te estaban mirando; y cómo temblaban en la voz para ti, recuerda cuerpo.

     El cuarto era pobre y ordinario, oculto encima de la equívoca taberna. Por la ventana se veía la calleja, estrecha y sucia. Desde abajo llegaban las voces de unos cuantos parroquianos que se divertían jugando a las cartas. Y allí, sobre vulgar y humilde lecho, fue mío el cuerpo del amor, y poseí los labios voluptuosos y rosados de la embriaguez, rosados de una embriaguez tal que incluso ahora, al escribir ¡después de tantos años!, en mi casa tan sola, me embriago una vez más.

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"LA SENCILLEZ DE LAS CARICIAS"

     Hoy, amor, que no has querido acompañarme, he visto tu cuerpo en el escenario con toda la ternura que desprendes. La belleza de la iluminación en la escena, el espacio abierto, sucinto para envolverlo con tu aliento, me ha hecho recordar la sencillez de las caricias que como enamorados cuajan nuestros encuentros. Creía con torpeza que sólo poseíamos el secreto de la entrega, pero he encontrado a los intérpretes de nuestro amor con expresivas muestras de cariño. Su ejercicio de amor, sin el pudor que tanto molesta, suscita nuestro mundo de sensaciones.

     El concepto de teatro moderno, sin el rigor al que obliga la concepción clásica, pero en el uso medido de su técnica bien ejecutada y lleno de las provocaciones que los probos llaman lujuria y los poetas locura, embriagan el ambiente, como tu cuerpo lo hace conmigo, con una ténue música casi mística, envolvente, que sirve para sostener una voz dulce y tentadora de ecos gregorianos. Pero la ternura a veces es desgarrada por la violencia que emana la pasión. Una pasión abrumadora y elemental.

     Y así, una riada de guijarros cae cubriendo la escena sobre la que los cuerpos se unen sin daño alguno, o una profunda sima que se abre a sus pies formando un pozo visible, en cuyas aguas se pierden los cuerpos, como en tu sudor yo me anego. De repente se rompe la magia amorosa, cuando alguien corta la secreta armonía con palabras que suenan a hueco, a jolgorios de comadres. Son momentos de distensión, como cuando tú te bañas.

     La solemnidad de la puesta en escena, cercana al rito, a la pura teatralidad, al efecto, a la sorpresa, como cuando tú te arreglas cada tarde. Todo está presidido por una enorme cruz donde yace un Cristo indefinido, patético y sensual. Te aseguro, amor mío, que de haber estado aquí esta noche, también habrías aplaudido con fuerza, porque verse reflejado en la hermosa sencillez es cosa que los artistas suelen hacer para su goce y el nuestro.

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"¿ME QUIERES?"

     Y los muslos remontan los muslos. Y se apresura la sal de la lentitud, que recojo con la lengua temblorosa. Y la lengua atraviesa la lengua y el acero. Y el cielo es manos, y aquello en que se posan las manos. Y los dedos son hambre.

     (Tú me has hecho sentir cosas que no había sentido con nadie.)

    Y los muslos, enzarzados, alcanzan la médula del instante, la lápida de lo nunca sido. Y los ojos lamen y saquean y penetran en lo oscuro. Y la blusa cae. Y el aire cae. Y los vientres se levantan y caen y se levantan y se enceguecen de mucosas.

     (Sólo con oírte al teléfono me humedezco)

     Y el silencio alcanza el límite de la saliva, y lo acaricia. Y las formas intercambian sus centros, se desnudan de escamas y escaleras, hasta que ya no sé dónde están mis brazos, el pene aturdido, la península de los sueños, los nombres.

     (Esta tarde no te pongas nada debajo.)

     Y cae la piel, que descubre sus sabrosos barrizales, sus diamantes escondidos, y se vuelve a incorporar, como una ola del yo, como una murmurada cadena.

     (El yo es quebradizo, depende de una mano que alza el vuelo y el orgasmo, y que se convierte en nuestra mano.)

    Y la piel, al caer, es más piel, más concentración de baba y piel, más pureza agolpada o ebriedad de dientes. Y encuentro dureza en el pudor y en las entrañas, donde bate un viento espeso, palabras que arañan y gotean, hendiduras coléricas, zumo entreabierto.

     (Me gusta esta urgencia, significa que me deseas.)

     Y todo se desmorona en un golpe rojo, en una sucesión de espasmos que burla al tiempo y deshace el conglomerado de los días, en un hueco voraz en el que me arrebujo para saberme cosa, nada, dios, brizna poseída por el mundo, o alimentada por su demolición.

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DESEO

     En las estancias saqueadas por la luz, cabriolean los potros escabrosos y, en la distancia, es dable confundir el deseo con la esperanza.

     Los ensimismados sienten picores en la entrepierna, acosados por una versátil concupiscencia que les atormenta las ganas ajadas de autocomplacencia.

     Todo se vuelve oscuro, de un negro azabache que inunda tensiones y alarga, inexplicablemente, el alivio somnoliento de las horas muertas.

     La monotonía amplía demasiado la espera y, de repente, otro reflejo escarlata asoma en una geografía erótica que, al azar, se ha creado en el ambiente. Nuevas sensaciones...

     A los ojos del pecado, todo es pornográfico.

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